*Texto tomado de "El libro de los amores ridículos" de Millan Kundera, que actualmente estoy leyendo y recomiendo bastante. Lo leí ayer en busca de cambiar un enfoque negativo, a uno positivo.
Pero pasaron diez minutos, un cuarto de hora, y la chiquilla no regresaba.
-Notemas- me consolaba Martin-. Si hay algo seguro es que volverá. Nuestra actuación fue totalmente convinciente y la chiquilla estaba entusiasmada.
Yo también era de la misma opinión, de modo que seguimos esperando y nuestro deseo de volver a ver a aquella chiquilla de aspecto infantil aumentaba a cada minuto que pasaba. Mientras tanto se nos pasó la hora acordada para nuestro encuentro con la chica del pantalón de pana, pero estábamos tan concentrados en nuestra blanca jovencita que ni siquiera se nos ocurrió levantarnos,
Y el tiempo transcurría.
-Oye Martin, creo que ya no vendrá- dije por fin.
-¿Cómo te lo puedes explicar? Si esa chiquilla creía en nosotros como en Dios.
-Sí- dije-, y ésa fue nuestra desgracia. Nos creyó demasiado.
-¿Y qué? ¿Acaso quería que no nos creyese?
- Probablemente hubiera sido mejor. El exceso de fe es el peor aliado. - Aquella idea me entusiasmó; empecé a divagar-: Cuando crees en algo al pie de la letra, terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan sólo los objetivos práctivos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no sólo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.
- Me parece que ya no te entiendo- dijo Martin.
- Es bastante comprensible: para esta chiquilla éramos sólo dos señores serios e importantes.
- ¿Y entonces porqué no nos hizo caso?
- Porque creía demasiado en nosotros. Le dio a su mamá la lechuga y enseguida se puso a hablarle de nosotros entusiasmada: de la película histórica, de los etruscos en Bohemia, y la mamá...
- Ya, lo demás ya lo imagino...- me interrumpió Martín levantándose del banco.


