31 de enero de 2012

El mar y yo.

El nuevo amor de mi vida es el mar del Caribe.

Tenemos una relación muy bonita que empezó el año pasado, mientras me cobijaba en el mes de mayo y me atrajo hacia él con una promoción de 500 pesos el boleto de avión y una tarjeta de descuentos de Scotiabank donde el hotel, no de 5 estrellas sino diamante, me hizo admirarlo desde que el botones subió mis maletas al cuarto majestuoso que no me había costado absolutamente nada.

Fue amor a primera vista, lo reconocí en ese instante en el que su azul aqua me inundaba los ojos de una manera estrepitosa. Supe que estabamos enamorados cuando al meter mis piecitos en su espuma, lo sentí frío pero al llegar a la cintura y estar a metros de la costa, logré confiar en él y dejarme llevar por su leve va y ven con una dulzura exquisita que me conquistó. Me amaba y podía sentirlo. Su arena suave me lo decía a cada paso que daba, yo no necesitaba que me lo dijera, él lo hacía y yo lo amaba.

De pronto, cerré los ojos y me dejé llevar por su olor fresco de brisa, por su sabor a sal y su transparencia, nunca fue siquiera capaz de decirme una mentira. Nos fuimos honestos todo el tiempo: Yo no sé nadar, le decía y él de manera tierna me decía: No lo necesitas conmigo. Y yo lloraba de ternura porque sabía que nos amábamos.

Tuvimos que separarnos y para mi fue demasiado duro el dejarlo. Pero pensaba en él todo el tiempo, mucho más cuando estaba sola y desolada por su ausencia. Sin embargo sabía que me aguardaba en su corazón como su amante.

Regresé el fin de semana pasado a sus brazos y fue como si nuestra relación no hubiera cambiado en absolutamente nada. Es más, hasta conoció a mis amigas, quienes ya lo quisieron de inmediato. Y yo feliz.


Ay Cancún! Cuanto te amo.

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